More precise therapies aim to spare the body's healthy tissue

por Rachel K. Sobel

Cuando su estado físico era idóneo, Joe Haley podía cargar cajas de 150 libras, una tras otra, como estibador de Southwest Airlines. Con su atlética estructura corporal, de casi 2 metros de estatura, era capaz de alzar incluso el equipaje más difícil. Sin embargo, desde que se le diagnosticó cáncer hepático hace más de 1 año, su robusto cuerpo se marchitó rápidamente. Su abdomen ya no semeja un lavadero; se fueron los protuberantes cuadriceps. “Es probable que incluso no pueda caminar una milla ahora,” dice Joe de 36 años de edad y padre de dos hijos.

Irónicamente, fue el tratamiento lo que devastó su salud, no el cáncer. “En un principio no tenía síntomas. Todos los efectos secundarios surgieron de ir con los doctores,” afirma David Van Echo, su oncólogo en University of Maryland-Baltimore. Por supuesto, sin quimioterapia, Haley habría muerto. Pero con ella, la fiebre, la náusea y la fatiga lo devastaron.

Como millones de personas, Haley enfrentó el antiguo enigma de los tratamientos tradicionales contra el cáncer: la quimioterapia y la radiación. Agradecidamente, son potentes, pero a veces en exceso. No sólo exterminan células cancerosas: anulan también a las sanas. Esto deriva en efectos colaterales devastadores. Por décadas, los investigadores han sopesado varias maneras de suavizar tales repercusiones sin diluir la potencias de los tratamientos. Los programas de dosificación han variado con el propósito de mejorar la tolerancia, y ahora hay medicamentos diseñados para contrarrestar la náusea. Pero, hoy en día, los científicos comienzan a usar un método muy distinto ante el problema de la toxicidad: enfocan sus tratamientos directamente contra los tumores y, en tanto, pasan por alto a los tejidos sanos. En docenas de hospitales a través de Estados Unidos, los doctores experimentan vigorosamente con “vehículos” novedosos—como las lentejuela de vidrio y las partículas magnéticas—a fin de proveer los tratamientos directamente al cáncer.
Un remedio así no puede ser más oportuno para Haley. A principios de este verano, las opciones ordinarias se extinguieron abruptamente cuando la quimioterapia envenenó sus riñones. La cirugía, si bien curativa en potencia, no era una alternativa, dado que tumores del tamaño de una pelota de golf ya habían invadido buena parte de su hígado; tampoco se contaba con la radiación estándar. Los rayos X externos inciden con amplitud excesiva y podrían destruir su tejido normal restante.

Sin embargo, a finales del verano, las esperanzas de Haley se rejuvenecieron. Se convirtió en el primer paciente en recibir tratamiento con lentejuelas de vidrio radiactivas desde que la FDA (Food and Drug Administration-Dirección de Alimentos y Fármacos) las aprobó a principios de este año. (Tal aprobación radicó sólo en la seguridad: en varias clínicas universitarias se valorará su eficacia). Las minúsculas partículas se empacan con un elemento radiactivo y son enviadas al hígado en un viaje directo “sólo de ida”. Ahí, emiten radiación hasta por 1 mes a tumores que se encuentran a tan sólo unos milímetros. Después de que el elemento radiactivo se deteriora, las lentejuelas permanecen en el hígado alojadas inocuamente.

En el papel, las lentejuelas parecen ser promisorias. Conllevan la potencia de la radiación en tanto dejan ileso al resto del cuerpo. Lo que es más, la dosis radiactiva tiene el potencial de ser mucho mayor que una dosis típica, dado que los rayos de las lentejuelas difícilmente afectan al tejido normal. Al final, si es posible empacar radiación suficiente en lentejuelas minúsculas, “ningún tumor sobrevivirá-punto,” afirma Van Echo, también director de la producción de medicamentos nuevos en Greenebaum Cancer Center, University of Maryland.
Magnetismo químico. Si bien algunos doctores intentan guiar la radiación hacia su objetivo, otros buscan hacer lo mismo con la quimioterapia. Scott Goodwin, de UCLA, tiene en mente justo de qué artilugio se trata. Scott traslada la quimioterapia directamente a los tumores por medio de vehículos magnéticos miniatura—partículas cubiertas de medicamento, elaboradas con hierro inmerso en doxocubicina, un potente anticanceroso. Una vez inyectadas en la circulación, las partículas gravitan hacia el tumor por la atracción de un imán, del tamaño de una lata grande de sopa, ubicado 15 minutos sobre el sitio tumoral. “De hecho, las partículas abandonan la pared del vaso sanguíneo hacia el interior del tumor mismo,” afirma Goodwin, investigador principal del experimento. “Entonces, se obtiene una emisión lenta del medicamento dentro del tejido del tumor.”
Falta determinar si esta técnica superará a los tratamientos tradicionales. Hasta ahora, los resultados preliminares obtenidos con el cáncer hepático sugieren que también podría usarse en el del pulmón, páncreas y cerebro. El tratamiento reduce al mínimo efectos secundarios como la pérdida de cabello y la náusea. Asimismo, en unos cuantos días deja un arsenal de medicamentos tóxicos en el tumor con mínimos efectos sobre el resto del cuerpo. Este es un cambio bienvenido a partir de la quimioterapia estándar, donde sólo una fracción de la dosis farmacológica se congrega en el sitio tumoral deseado. El resto circula en la sangre y lesiona de manera innecesaria los tejidos sanos. Por ende, hay razones legítimas para considerar que los transportadores magnéticos pudiesen ser más eficaces, dice Goodwin, pero “esto no significa que sepamos que es mejor.”

Motivos para creer. Para Doris Drennen, de Sandusky, Ohio, un tratamiento experimental dirigido resultó ser en verdad una mejor opción. Luego de la radiación, la quimioterapia y una mastectomía, Drennen pensó que había terminado con su cáncer mamario. Sin embargo, pronto emergió un masa del tamaño de una ciruela. Su médico inyectó localmente en el tumor un gel viscoso experimental, ya que el tumor había surgido sólo en un lugar. Tratar todo el cuerpo hubiera sido como “matar algo con un martillo pesado cuando, en realidad, posee el tamaño de un grano de arroz,” afirma Richard Leavitt, oncólogo y vicepresidente de Matrix Pharrmaceutical, Fremont, California, productor del gel.

El tumor se contrajo en cuestión de semanas, gracias a una ingeniosa combinación de ingredientes en el gel. Éste contiene quimioterapéuticos mezclados con epinefrina, que constriñe los vasos sanguíneos en torno a los tumores. Los vasos sanguíneos tensos aprisionan la quimioterapia en el sitio durante horas o incluso días. En consecuencia, la concentración farmacológica puede ser 10 a 1,000 veces más alta que con la administración en la circulación.
Con resultados clínicos alentadores como los de Drennen, la compañía planea solicitar la aprobación de la FDA más adelante en este año. Hasta ahora, más de 450 personas han recibido tratamiento para melanomas, cánceres mamarios, de colón, hepáticos y esofágicos, entre otros. Y con aquéllas con cáncer de la cabeza y el cuello, casi una de cada tres atestiguaron una reducción de al menos 50% en el tamaño del tumor. “Muchas de estas personas sufrieron una quimioterapia estándar fallida, pero esta vez realmente funcionó,” menciona Glenn Mills, profesor de medicina en Louisina State University Health Sciences Center, Shreveport.

La FDA ya aprobó varios métodos más de localización. Sin embargo, los doctores todavía intentan establecer cómo usarlos eficientemente. Algunos científicos, por ejemplo, experimentan con la criocirugía, que conlleva la congelación del tejido canceroso a fin de destruirlo. Otros más investigan la ablación con frecuencia de radio (RF)— pinchan los tumores con sondas para eliminar el tejido chamuscándolo con calor intenso. “Sabemos que la ablación con frecuencia de radio es segura en el hígado, pero deseamos analizarla con otros órganos, como la próstata, los riñones y pulmones,” menciona Steven Curley, profesor de cirugía en University of Texas M.D. Anderson Cancer Center.

Aunque estas tecnologías novedosas alientan esperanzas, tienen limitaciones. En primer término, no son la curación final del cáncer. “Considero atractivo el concepto de introducir algo justo en un tumor y matarlo, pero simplemente no resulta práctico hacerlo con la mayor parte de ellos; aparecen diseminados,” cita David Golde, médico en jefe en Memorial Sloan-Kettering Cancer Center. Noventa por ciento de los fallecimientos por cáncer son la consecuencia del cáncer metastásico. Sin embargo, estos métodos novedosos sólo se enfocan a los tumores localizados. En el largo plazo, Golde confía en estrategias como las vacunas (recuadro) o el tratamiento genético dirigidos sobre las células cancerosas que acechan en cualquier parte del cuerpo.

Con todo, estos innovadores sistemas de suministro podrían ayudar a incontables pacientes en apuros. Si se atrapa temprano al cáncer, los pacientes pueden deshacerse de él con un tratamiento localizado antes de que se disemine. Incluso algunos cánceres avanzados permanecen confinados a zonas limitadas y, por tanto, son candidatos para el tratamiento localizado. Este año surgirán en Estados Unidos 15,300 casos nuevos de cáncer hepático y la gran mayoría permanecerá en el hígado. El cáncer de colon que se propaga hacia el hígado—y que afecta de 20,000 a 40,000 personas cada año—tampoco tiende a diseminarse.

Resulta ser que el cáncer de Joe Haley sólo molesta sin cesar a su hígado. A partir de la radioterapia con lentejuelas de vidrio, sus funciones hepáticas han mejorado de manera ostensible, su energía va en aumento y sus tumores se han tornado menos sensibles—un signo certero de contracción. “Por primera vez en un año,” dice animado, “pude llevar a mis hijos a tomar un helado.”