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“ Deseamos proponer una estructura para la sal del ácido
desoxirribonucleico (D.N.A.), que posee características novedosas
con bastante interés biológico.”
- James D. Watson y Francis H. Crick, Nature, 25 de abril, 1953.
Con esta pincelada magistral de juicio modesto, Watson y Crick, dos
desgarbados jóvenes científicos que competían
con sus colegas en un laboratorio de Cambridge, abrieron el camino
a la era de la biología molecular. En 1968, cuando publicó La
doble hélice, Watson sopesó cómo habían
desenmarañado la enrollada hebra de la vida, la serpenteante
molécula de DNA. Durante el febril principio de los años
50’ del siglo XX, Watson escribió que el DNA era un “misterio
asequible a cualquiera dispuesto a esforzarse por revelarlo”.
Su solución ha conducido, en una secuencia rápida,
hasta el tratamiento genético. Hoy en día, los científicos
pueden llegar hasta la unidad más pequeña de instrucciones
vitales, y rescribir el código. No pasará mucho tiempo
antes de que perfeccionen esta técnica y apliquen tal corrección
a todo tipo de enfermedad. Por lo menos, esas son las expectativas.
El libro de la vida
Para algunos, saber que los seres humanos nos reducimos a un
puñado
de sustancias químicas que dirigen todo lo que somos podría
arrebatar el romance a la vida. Pero esas cuantas sustancias químicas—denominadas
a menudo las “letras” del Libro de la Vida—tienen
mucho que decir cuando se combinan y enristran de tal modo. La adenina,
timina, citosina y guanina (A, T, C, G) conforman nuestro alfabeto,
son los tabiques de construcción del “lenguaje corporal” original.
Dichas bases se unen en pares: A y T juntas para siempre, C y G,
de igual manera. Son la parte más importante del DNA
El código genético
Esta es la manera en que las cuatro bases químicas en mRNA
se combinan en codones para producir los 20 aminoácidos. A
= adenina, C = citosina, U = uracilo, G = guanina.
UUU
UUC
Se convierten en fenilalanina
UCU
UCC
UCA
UCG
AGU
AGC
Se traducen en serina
UAU
UAC
Se convierten en tirosina
UGU
UGC
Se traducen en cisteina
UGG
Se convierten en triptofano
UUA
UUG
CUU
CUC
CUA
CUG
Se traducen en leucina
CCU
CCC
CCA
CCG
Se convierten en prolina
CAU
CAC
Se traducen en histidina
CAA
CAG
Se convierten en glicina
CGU
CGC
CGA
CGG
AGA
AGG
Se traducen en arginina
AUU
AUC
AUA
Se convierten en isoleucina
AUG
Se traducen en metionina
ACU
ACC
ACA
ACG
Se convierten en treonina
AAU
AAC
Se traducen en asparagina
AAA
AAG
Se convierten en lisina
GUU
GUC
GUA
GUG
Se traducen en valina
GCU
GCC
GCA
GCG
Se convierten en alanina
GAU
GAC
Se traducen en ácido aspártico
GAA
GAG
Se convierten en glutamina
GGU
GGC
GGA
GGG
Se traducen en ácido glutámico
Detención de codones
UAA
UGA
UAG
Fue un astrónomo, George Gamow, quien sugirió que
estas cuatro bases químicas podrían combinarse en
conjuntos de tres a fin de constituir los aminoácidos. Los
grupos de tres letras, o codones, fungen como las “palabras” del
Libro de la Vida. En los años 60’, el bioquímico
hindú Har Gobind Khorana resolvió los 64 posibles
codones y los 20 aminoácidos que definen. Por ejemplo, ACG
crea treonina, y GAG codifica para glutamina. Cuando se entrelazan,
los aminoácidos producen el anteproyecto de las proteínas
que las células corporales construyen. Las hormonas, las
enzimas y los anticuerpos son ejemplos de proteínas vitales
para la estructura, la función y la regulación del
cuerpo.
Los codones constituyen los 100,000 genes humanos — las “oraciones” del
Libro de la Vida del DNA. Para el ojo inexperto, la cadena de codones
semeja una larga hilera de verbosidad. ¿En dónde
comienzan y terminan las oraciones? Son tres los “codones
de detención” que señalan el término
de cada gene: UAA, UGA y UAG.
Como en cualquier libro, las oraciones conforman capítulos—en
este caso, nuestros 46 cromosomas, aposentados en el núcleo
de cada célula somática del cuerpo—para un
total de 22 pares de autosomas y dos cromosomas sexuales (XX en
las mujeres; XY en el hombre). Las células sexuales—los
espermatozoides y los óvulos—contienen 23 cromosomas.
Cuando las dos mitades se combinan durante el apareamiento, todo
el complemento de cromosomas se reúne. La palabra cromosoma
proviene de los vocablos griegos chroma, que significa “color,” y
soma, que significa cuerpo. En el siglo XIX, los científicos
sabían que al teñir las células en proceso
de división, podían teñir estructuras proteínicas
en forma de hilo dentro de los cromosomas.
Es posible distinguir los 23 pares de cromosomas humanos de cada
persona con base en el tamaño y sus peculiares patrones
de agrupamiento, o bandeado.
Varón normal 46,XY
Mujer normal 46,XX
Cuando hoy en día se tiñen y observan con un microscopio
de luz potente, los cromosomas revelan un patrón de bandas
claras y oscuras. Tales bandas indican variaciones en la cantidad
de nucleótidos—o sea, las cuatro bases más
sus azúcares y fosfatos insertados. (La timina reemplaza
al uracilo en el DNA). Las disparidades permiten diferenciar entre
sí los cromosomas en un análisis llamado cariotipo.
Al buscar la ubicación precisa de genes específicos
o en el caso de las mutaciones o ausencias, las rupturas o las
copias adicionales de un cromosoma, es importante catalogar los
cromosomas de este modo. La gente con síndrome de Down,
por ejemplo, posee una tercera copia del cromosoma 21.
El DNA de doble hélice, portador de instrucciones que permiten
que las células elaboren proteínas, está formado
por cuatro bases químicas. Cabos de DNA enrollados estrechamente
están empaquetados en los cromosomas humanos, presentes
en el núcleo celular. Los genes son las subunidades operativas
del DNA.
La doble hélice
Cuando Watson y Crick dieron a conocer su escalera de caracol
de la vida, observaron fríamente, “No hemos pasado por
alto que el arreglo específico por pares que postulamos
sugiere de inmediato un posible mecanismo de copiado para el material
genético.” De hecho, es imposible evitar sentirse
atónito ante la elegancia de esta molécula estrechamente
enrollada en nuestras células, que se autoreplica y alberga
información. Significa que LIKECANBEGETLIKE; el mundo puede
seguir girando.
¿
Cómo se lleva a cabo esto? Primero, veamos la estructura
del DNA. Ya hablamos de los cuatro componentes más importantes:
las bases adenina y timina, citosina y guanina. Constituyen los
peldaños de la escalera, arreglados en pares y unidos por
débiles ligaduras de hidrógeno. Azúcar (desoxirribosa)
y fosfato sirven como los postes de la escalera. Cuando un gene
registra una orden para producir una proteína, ambos postes
se separan, “abren” la molécula y dejan cada
base sin su pareja. El postulado de Watson y Crick llamado “arreglo
específico por pares” dicta que las bases sin pareja
siempre atraerán a su opuesto complementario. Esto denota
que al terminar la función del DNA, se habrá formado
una nueva molécula de dos cabos, idéntica a la original.
Para que una célula produzca una proteína, la información
a partir de un gene es copiada, base por base, a partir del DNA
en nuevos cabos de RNA mensajero (mRNA). Entonces, mRNA abandona
el núcleo hacia el CITOPLASMA, en dirección de organelas
celulares denominadas ribosomas. Así, mRNA dirige el ensamblado
de aminoácidos que se pliegan en una molécula terminada
de proteína.
Las enzimas ayudan a que el proceso avance: una enzima desenreda
la doble hélice, otra conserva separados los cabos, y otra—DNA
polimerasa—tiene una función clave en la replicación.
Como un buen árbitro, la polimerasa garantiza que todo elemento
intervenga de acuerdo con las reglas; atestigua que la adenina,
por ejemplo, no deambule hacia el espacio de maniobra de la guanina
o que la citosina no invada terrenos de la timina. La polimerasa
corrige tales errores, ahuyentando intrusos y recibiendo a la base
adecuada. Las mutaciones suceden si la polimerasa no da aviso,
y esto puede derivar en enfermedades genéticas.
Cuando un gene contiene una mutación, la proteína
codificada por ese gene será anormal. Algunos cambios en
las proteínas son insignificantes; otros, incapacitan al
aquejado.
Una vez que se forma DNA nuevo en el núcleo, centro de operaciones
de la célula, puede llevarse a cabo la síntesis de
proteínas. Sin embargo, “alguien” tiene que
pasar al citoplasma, el piso de operaciones de la célula,
e informar a los operadores de la maquinaria, los ribosomas, de
que es momento de ensamblar aminoácidos y proteínas.
Ese “alguien” es el ácido ribonucleico, o RNA,
molécula de un solo cabo, químicamente similar al
DNA, excepto por su azúcar ribosa y su base uracilo (U),
que puede hacer las veces de timina. Como una asistente ejecutiva,
el RNA tiene dos obligaciones que llevar a cabo: transcribir y
traducir las instrucciones del DNA.
Para la transcripción, el RNA requiere la participación
de su propia enzima polimerasa que se enlaza con un sitio DNA en
el origen de un gene. Entonces, la RNA polimerasa aparta separa
una sección del cabo de DNA con la meta de exponer las bases
de DNA desinsertadas. Uno de esos cabos sueltos de DNA opera como
plantilla para el mensajero o “mRNA”. Antes de que
el núcleo considere que el mensaje transcrito tiene madurez
suficiente como para ser liberado, la oficina central da una ojeada
al mRNA. Enzimas nucleares recortan secciones que no sin codifican
llamados intrones (el enigmático “DNA chatarra”)
y empalman otros tramos denominados exones, las secuencias operativas
que codifican las proteínas. (Aquí hay espacio para
errores: si el empalmado de genes “sale torcido”, pueden
aparecer las mutaciones.) Ahora listo para transmitir, o traducir
las instrucciones del DNA, el mRNA abandona con prisa del núcleo
hacia el citoplasma.
A continuación, un breve resumen de los pasos que conducen
del DNA a las proteínas: la replicación y la transcripción
ocurren en el núcleo celular, luego de lo cual el mRNA es
transportado al citoplasma, donde ocurre la traducción de
mRNA en las secuencias de aminoácidos que constituyen una
proteína.
Herencia de la combinación
Los genes surgen en pares, uno de cada progenitor. Gregorio Mendel,
el monje austriaco del siglo XIX fascinado tanto por los chícharos,
estableció la noción de ciertos factores arreglados
por pares o “elementos”, como él los denominó.
Hoy en día, tales elementos reciben el nombre de alelos,
una de dos o más formas del mismo gene. De cada par, uno
es a menudo el dominante. O sea, enmascara al otro. Mendel encontró esto
al observar qué sucedía al cruzar plantas de chícharo
altas con otras chaparras, así como plantas con flores de
distinto color. Descubrió que el alelo enmascarado, o recesivo,
no desaparecía, pudiendo mostrarse en una generación
posterior.
En el caso del color de los ojos humanos, un alelo produce ojos
cafés; otro, azules. El par de genes en cuanto al color
de ojos puede ser: azul/azul, que hace a la persona homocigota
en relación con ese gene, y de ojos color azul; café/café,
que la hace homocigota con ojos color café; café/azul,
o sea, que la persona es homocigota pero aún con ojos cafés,
dado que el alelo café es el dominante.
Esto explica por qué dos padres con ojos color café,
siendo ambos heterocigotos, pueden engendrar hijos de ojo azul.
(Nótese que los genes modificadores pueden alterar estos
dos colores para producir ojos color avellana, verdes, grises o
incluso—improbablemente—violetas.
Si bien el sistema de herencia funciona bien con el objetivo
de transferir dichos rasgos, también puede perpetuar mutaciones
que generan problemas. Considerando que son 3 mil millones los
pares de bases de DNA los que se replican en cada división
celular, el proceso es asombrosamente exacto. Según los
científicos, el equipo de corrección de pruebas y
reparación—varias docenas de enzimas—barre 99.9%
de los errores. Empero, sí llegan a filtrarse errores “ortográficos”.
Y el más simple error de imprenta puede tener las consecuencias
más graves. Por ejemplo, la hemoglobina, nuestra proteína
que acarrea oxígeno, consta de un filamento de 146 aminoácidos.
Incluso si un aminoácido en dicha cadena—valina—se
apodera del punto legítimo de otra—ácido glutámico,
toda la proteína funciona mal. Tan sólo es un error
tipográfico menor: cambió de GAA a GUA, una mutación
minúscula. Sin embargo, basta para causar anemia de células
falsciformes. Las supresiones o las inserciones son otros tipos
de mutaciones. Pueden producir aminoácidos de más
o de menos en una proteína y, por ende, genes defectuosos.
Por ejemplo, muchos casos de fibrosis quística son el resultado
de la supresión de tres pares de bases.
Diferentes mutaciones en un mismo gene pueden tener una variedad
amplia de efectos. En la fibrosis quística, por ejemplo,
el gene que controla la producción de moco puede presentar
más de 300 mutaciones diferentes; algunas causan síntomas
graves; otras, ligeros; y otras más, ninguno.
Las enfermedades genéticas heredadas surgen del DNA defectuoso
en las células sexuales, o germinales. Estos errores pueden
pasar de una generación a la siguiente en tres formas:
Autosómico dominante: a fin de que la enfermedad se muestre
externamente, el gene defectuoso debe estar presente en sólo
un alelo (dominante).
En padecimientos genéticos dominantes, si un progenitor
afectado posee un alelo que cause enfermedad y que domina a su
contraparte normal, cada hijo en la familia encara 50% de posibilidades
de heredar el alelo de la enfermedad y el padecimiento.
Autosómico recesivo: el gene defectuoso (recesivo) tiene
que ser heredado en una dosis doble para causar anormalidad.
Los padres pueden portar copias enmascaradas del gene recesivo
sin
padecer ellos mismos la enfermedad. Pero si dos de esos progenitores
se casan y heredan dos copias del gene enmascarado, la enfermedad
se revela en su hijo.
En padecimientos asociados con genes recesivos alterados, ambos
progenitores—si bien ellos mismos libres del trastorno—portan
un alelo normal y otro alterado. Cada hijo tiene 25% de posibilidades
de heredar dos alelos normales y 50% de probabilidades de heredar
un alelo normal y otro alterado, y de ser portador como ambos padres.
La ataxia telangiectasia y el síndrome de Bloom son ejemplos
de trastornos recesivos, si bien raros, que predisponen al cáncer
mamario.
En padecimientos recesivos ligados al cromosoma X, un trastorno
causado por un defecto en el cromosoma X deriva por lo general
en varones enfermos en quienes un segundo cromosoma X normal
no puede enmascarar el defecto.
Naturaleza más sustentación
Si bien los errores en las células somáticas pueden
causar enfermedades, incluyendo ciertos cánceres, no pasan
a una siguiente generación. Esto motiva que tales padecimientos
sean genéticos, más no eventos heredados. De hecho,
la mayor parte de los cánceres surgen de este modo. Trompicados
tal vez con demasiada exposición al sol, un encuentro cercano
con sustancias químicas tóxicas o con la reparación
imperfecta del DNA, los genes dan a veces pasos en falso, forzando
las mutaciones somáticas.
Con el paso del tiempo, los errores genéticos se acumulan
en los tejidos corporales y cánceres aleatorios o “esporádicos” pueden
echar raíces con células que proliferan sin supervisión.
Los oncólogos etiquetan esto como “desregulación”.
En un acto de protesta, las células descartaron el reglamento
tocante a cuándo deben dejar de crecer y cuándo han
de comenzar a diferenciarse en unidades especializadas. En esencia,
dos son los tipos de genes que desencadenan esta rebelión:
Genes supresores de tumores. En circunstancias normales, funcionan
como los frenos del crecimiento celular. Cuando faltan o son
inactivados, los frenos fallan y un florecimiento maligno puede
salirse de control.
Entre los genes supresores de tumores más notorios se cuenta
p53, involucrado en la transcripción y regulación
del ciclo celular. Cuando p53 “se hace malo”, se torna
muy malo y causa cánceres mamarios y de colon, leucemia
y sarcomas de tejido blando, entre otros. Se han identificado versiones
mutantes de p53 en muestras de DNA de más de 50% de tumores
humanos. Esto lo convierte en el gene más frecuente relacionado
con el cáncer. Otros ejemplos de supresores tumorales son:
APC, que causa cánceres de colon, páncreas y estómago;
RB, que provoca retinoblastomas, osteosarcomas, así como
cánceres mamarios, pulmonares, prostáticos y de
vejiga; y WTI, que produce nefroblastoma (tumor de Wilm).
Oncogenes. En circunstancias normales, aceleran el crecimiento
celular (de manera controlada). Cuando mutan o se encuentran “sobreactivados”,
el acelerador del oncogene se traba al piso, inundando a las células
con señales que claman: “¡Sigan dividiéndose!” El
resultado final es un descontrolado ciclo celular a alta velocidad.
En esencia, es el mismo desenlace obtenido de haber fallado los
frenos supresores de tumores. Algunos ejemplos de oncogenes: RAF,
que deriva en cáncer estomacal; MYC, que conduce a linfomas;
y TRK, que genera tumores tiroideos. En algunos cánceres
de colon, los patólogos han encontrado oncogenes RAS activados
junto a genes supresores de tumores inactivados, como p53. Esto
sugiere que la producción de cáncer tal vez requiera
ambos tipos de cambios genéticos.
Por lo general, el cáncer surge en una sola célula.
Al parecer, la evolución celular desde normal hasta maligna
y metastásica sigue una serie de pasos claros, cada uno
controlado por un gene o conjunto de genes distintos. Las personas
con cáncer hereditario ya poseen tienen la primera mutación.
Hasta ahora, hemos referencia a las mutaciones en las células
somáticas. Sin embargo, también pueden suceder en
las células germinales, lo que denota que los genes que
causan cáncer pueden pasar a los descendientes y producir
familias con un gran número de cánceres mamarios,
ováricos o de colon, por ejemplo. Dichas “familias
con cáncer” son raras, mas esto no es consuelo alguno
para quienes heredan el alelo mutante que deriva en un tumor. Sin
embargo, no heredamos el cáncer, sino más bien una
predisposición al mismo. Para que se produzca la enfermedad
es necesaria la confluencia de eventos desde el interior y fuera
del cuerpo. Tanto la naturaleza (los genes) como la sustentación
(la dieta, la exposición mutagénica ambiental) tienen
una función. Esto significa que aunque los genes pueden
dictar lo que somos, si modificamos un estilo de vida lesivo podremos
controlar mejor en qué nos convertiremos.
Un ejemplo citado a menudo: en Japón, el riesgo de por vida
de sufrir cáncer de colon era 10 veces más bajo que
en Estados Unidos: 0.5% vs. 5 por ciento. Epidemiólogos
que analizaron a japoneses que emigraron a Estados Unidos encontraron
que entre una primera generación de japoneses que vivían
en Hawaii, la frecuencia del cáncer de colon ascendió varias
veces. No tanto como en el territorio continental estadounidense,
pero sí más que en Japón. Para cuando la segunda
generación de japoneses había vivido en dicho territorio,
sus porcentajes de cáncer de colon igualaron a los de los
estadounidenses. Todo esto indica que la dieta y el estilo de vida
son factores importantes en la producción de la enfermedad.
Sin embargo, lo anterior no quiere decir que los factores genéticos
carezcan de una función. Algunos estadounidenses aún
padecen cánceres de colon en tanto que otros no. ¿Cómo
explican esto las investigaciones? Disparidades en el ambiente,
como una dieta variada, y una predisposición genética
diferente. (Por ejemplo, cuando un pariente en primer grado sufre
cáncer de colon, el riesgo individual aumenta varias veces).
Y, ¿cómo explican los científicos la frecuencia
desigualdad del cáncer de colon entre japoneses que viven
en su país natal y otros que emigran a Estados Unidos? Una
teoría es que algo en el ambiente asiático hace menos
penetrantes a los genes predisponentes—o sea, es menos
probable que deriven en enfermedad.
Cazadores de genes
Al parecer, tanto en la genética como en los bienes raíces,
la ubicación lo es todo. Saber dónde en los cromosomas
humanos residen los genes cambiará para siempre la práctica
de la medicina y la investigación biomédica. Con
el anteproyecto genético a la mano, es posible comprender
mejor cómo se desarrolla el ser humano a partir de una sola
célula, cómo rigen los genes las funciones de tejidos
y órganos y cómo evoluciona la enfermedad. Y esto
derivará en diagnósticos y tratamientos mejores y
en una prevención más idónea de la enfermedad.
En este sentido, el gobierno federal estadounidense estableció en
1989 el National Center for Human Genome Research (NCHGR). Dicho
centro encamina la función de Estados Unidos en el Proyecto
Genoma Humano, un esfuerzo enorme cuyo fin es descifrar nuestro
DNA—el libro de la vida, el genoma. El 25 de octubre de
1996, la revista Science publicó un mapa genético
parcialmente completo recopilado por un equipo internacional
de 100 científicos.
El mapa, que puede Ud. explorar en el sitio interactivo de Internet www.ncbi.nlm.nih.gov/SCIENCE96,
precisa la ubicación de
la mayor parte de nuestros genes.
Francis S. Collins, MD, PhD, quien encabeza el NCHGR, marcó nuevos
rumbos tocante a un potente método para encontrar genes
llamado “manipulación clónica posicional”,
que ha dado un impulso enorme al mapeo del genoma. Con dicha técnica
se han aislado docenas de genes de enfermedades incluyendo a los
del retinoblastoma, el tumor de Wilm, la enfermedad Von Hippel-Lindau,
así como los cánceres mamarios y de ovario. Con el
fin de aislar y clonar tales genes blanco, la técnica de
Collins depende de otros recursos poderosos que entresacan el cúmulo
del genoma con 3 mil millones de pares de bases. Dado que los científicos
perfeccionan estas herramientas y las conectan entre sí,
impulsan más rápido y económicamente la cacería
de los genes. Al principio de la búsqueda de genes se requerían
meses—a veces años—y $5 para encontrar cada
par de bases. Ahora, al usar estos métodos mejorados, se
invierten sólo semanas y tan poco como 50¢ por nucleótido. Mapeo (o vinculación) genético
Es el primer paso en el aislamiento de un gene. Ofrece evidencias
firmes de que una enfermedad o rasgo tiene relación con
un gene culpable (o genes) que pasa del progenitor a su hijo. El
mapeo genético también aporta claves sobre qué cromosoma
contiene el gene y dónde en ese cromosoma se ubica el gene.
Con muestras sanguíneas o de tejido obtenidas de los miembros
de una familia en la que ocurre una enfermedad, los científicos
primero aíslan DNA de las muestras. A continuación,
buscan marcadores—patrones moleculares característicos
heredados junto con la enfermedad, a la manera del transporte en
vagones de tren. En tanto más marcadores haya en un mapa,
más probable es que alguno se relacione con un gene de la
enfermedad, situación que mucho facilita a los investigadores
concentrarse en el gene.
Los marcadores constan de leves diferencias de deletreo en el
alfabeto genético A, T, C y G. Llamadas “polimorfismos”,
tales disparidades suceden por lo general en el llamado DNA chatarra.
En circunstancias normales, no afectan la salud de la persona.
Sin embargo, pueden indicar al investigador de quién proviene
el DNA, lo que los hace útiles en el rastreo de la herencia
a través de varias generaciones. Los departamentos de policía
y quienes investigan las muertes violentas también usan
tales “huellas digitales” de DNA para identificar a
las víctimas y a los perpetradores.
En 1994, un grupo internacional de investigación publicó un
mapa genético con casi 6,000 marcadores espaciados con,
en promedio, menos de un millón de bases. Líderes
del proyecto Genoma Humano anunciaron que el mapa contiene más
detalles que lo esperado en un principio, y se concluyó 12
meses antes de lo programado. Desde entonces, los científicos
han seguido dicho mapa.
Los mapas del DNA pueden tener diversos grados de detalle: desde
los patrones de bandeado de los cromosomas, hasta clones de segmentos
de DNA traslapados, y, finalmente, hasta la secuencia del DNA,
base por base.
Mapeo físico. Una vez que los científicos usan el
mapeo genético para asignar un gene a una pequeña
zona de un cromosoma, entonces han de examinar con más atención
esa región con la meta de establecer la ubicación
exacta del gene tocante a un mapa físico. Para construir
un mapa semejante, los cazadores de genes usan enzimas de restricción—las
tijeras de la naturaleza—para rebanar un cromosoma en pedazos
más pequeños utilizables. Entonces, copian, o clonan,
los pedazos, igualándolos en su orden de inicio de tal modo
que puedan rastrear el origen y contenido genético de cada
uno. Pasan la información a una computadora, y los recortes
de DNA, a un congelador. Cuando un mapa de acoplamiento genético
indica que un gene radica en una zona determinada, limita la búsqueda
tocante al gene en cuestión. Paso siguiente: descongelar
y examinar los fragmentos copiados adecuados, que deben conducir
a otro gene y a un nuevo registro en el mapa físico.
Dado que es esencial seguir la pista a los fragmentos de cromosoma
en su orden apropiado, los científicos tuvieron que crear
un sistema de marcadores muy similar al de las marcas de kilometraje
en una carretera. En dicho caso, los marcadores conectan una sección
del “camino” del cromosoma con la siguiente. Los fragmentos
clonados del camino de DNA se traslapan en lugares que comparten
el mismo marcador (denominado “sitio marcado en secuencia”).
Los marcadores citados permiten a los investigadores saber qué tanto
han recorrido a lo largo del cromosoma hasta su destino—el
gene de la enfermedad que buscan. Con escasos marcadores para guiarlos
en el pasado, era usual que los investigadores dedicasen hasta
10 años recorriendo solos trechos de la carretera cromosómica
buscando en vano un gene.
La meta original para los conjuntos de tramos de DNA traslapados,
o “contigs,” fue que para 1995 midiesen 2 millones
de bases de longitud. En 1996, los contigs contaban con desde
20 millones hasta 50 millones de bases. A la fecha, los investigadores
han reunido suficientes grupos para completar los cromosomas
21,
22 e Y, y casi todos los cromosomas 3, 4, 7, 11, 12, 16, 19 y
X. La meta final: todos los cromosomas en el genoma humano.
Secuencia del DNA. Los mapas físicos aportan el material
en bruto para comprender la secuencia de las bases—las cuatro
letras esenciales—A, T, C y G—en el Libro de la Vida.
Conociendo la secuencia correcta de dichas letras y los genes que
constituyen, los científicos pueden identificar las aberraciones
específicas que pueden producir una enfermedad.
En la construcción del genoma humano, los científicos
han encontrado útil establecer la secuencia de microorganismos
usados en otras investigaciones como modelos de las enfermedades
humanas: E. coli, bacteria digestiva; C. elegans, un nematodo o
ascáride microscópico traslúcido; drosofila
(moscas de las frutas); y el ratón. En la primavera de 1996,
los investigadores completaron la secuencia de la levadura para
cocinar, hecho importante dado que, en contraste con las bacterias,
la levadura se asemeja con mayor proximidad a las células
humanas. Debido a su relativa simpleza, dichos microorganismos
son un terreno idóneo para investigar la nueva tecnología
usada para determinar las secuencias.
Por ejemplo, los laboratorios que trabajan con el nematodo C.
elegans han aumentado su velocidad anual de producción hasta 15
millones de pares de bases. (Con 100 millones de pares de bases
por secuenciar en el nematodo, los investigadores esperaban terminar
en 1998.) En los años 70’, los laboratorios apenas
podían procesar unos cuantos pares de bases por año,
cifra muy alejada de los 3 mil millones por abordar. Cuando se
inició en 1990 el Proyecto Genoma Humano, pocos eran los
laboratorios que habían secuenciado incluso 100,000 bases.
Desde entonces, las mejoras tecnológicas y la automatización
han aumentado la velocidad y abatido los costos bastante.
Cumplimiento de una promesa
Ahora que el Proyecto Genoma Humano cruza la meta después
de 15 años y miles de millones de dólares, este gran
esfuerzo científico señala más un principio
que un fin. El genoma “aporta el material de molienda con
el objetivo de que las siguientes generaciones de trabajo descifren
cómo operan los genes,” dice el Dr. Collins. Sin embargo,
los pacientes desean algo más que tan sólo la promesa
de un genoma humano—desean que sus enfermedades sean tratadas
y curadas. Al final, eso llegará.
Por ahora, según el Dr. Collins, las pruebas genéticas
brindan a los doctores la oportunidad de practicar “medicina
preventiva individualizada en la que la vigilancia médica
y el manejo del estilo de vida son enfocados sobre la gente que
más lo necesita.” Es irreal pensar que los tratamientos
genéticos entrarán al mercado en los próximos
años, destaca el Dr. Collins. Pero encontrar los genes de
una enfermedad nos coloca todavía más cerca.
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